Minientrada 4 Nov

“Marie Françoise o el autismo”. Es el título del segundo caso clínico que aporta Rosine Lefort en su libro el nacimiento del Otro.Leer este título al pie de la letra nos plantea una delicada “sinonimia”.

No hay  autismo, sino autistas…sin embargo, creo que es la posición ética  en la dirección de la cura la que convierte este caso en un caso paradigmático y anticipa , en cierta forma, el trabajo desde la clínica lacaniana más allá de la lógica fálica, más allá del sentido, que exige una posición de analizante en el tratamiento , que apunte a lo que no se sabe, que apueste por lo que no se sabe – en este caso- sobre el autismo

 

Fabiana Lifchitz

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2 Oct

semblantes

“…y en el fetiche de un afiche de papel, se vende la ilusión , se rifa el corazón…”

Sirvan estas letras del tango Afiche de Homero Expósito para sacarle viruta a las problemáticas que nos convocan en la sociedad moderna como profesionales de la salud mental, del derecho y del arte

Allá vamos con la apuesta.

Comparto el artículo que da pie al nombre del blog   http://virtualia.eol.org.ar/022/template.asp?Lo-que-la-sublimacion-ensena/Cruel-en-el-Cartel.html

 

Fabiana Lifchitz

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Nadia invidia?

28 May

 

“Invidia viene de videre. La invidia más ejemplar para nosotros, los analistas, es la que destaqué desde hace tiempo en Agustín para darle todo su valor, a saber, la del niño que mira a su hermanito colgado del pecho de su madre, que lo mira amare conspectu, con una mirada amarga, que lo deja descompuesto y le produce a él, el efecto de ponzoña
Para comprender qué es la invidia en su función de mirada, no hay que confundirla con los celos. El niño, o quien quiera, no envidia forzosamente aquello que apetece (envie es simultáneamente envidia y antojos). ¿Acaso el niño que mira a su hermanito todavía necesita mamar? Todos saben que la invidia suele provocarla comúnmente la posesión de bienes que no tendrían ninguna utilidad para quien los envidia y cuya verdadera naturaleza ni siquiera sospecha
Esa es la verdadera envidia. Hace que el sujeto se ponga pálido, ¿ante qué?- ante la imagen de una completud que se cierra, y que se cierra porque el a minúscula, el objeto a separado, al cual está suspendido, puede ser para otro la posesión con la que se satisfaga, la Befriedigung”
Lacan. Seminario 11. Clase del 11 de Marzo de 1964.

La invidia guarda estrecha relación con la mirada, pero con una mirada envenenada, al decir de Lacan en su artículo La agresividad en Psicoanálisis de 1948. Nos hallamos pues, ante las coordenadas psíquicas y somáticas de la agresividad original que marca desde el origen la constitución del yo

Rosine Lefort retoma el concepto de invidia en el tratamiento del caso Nadia , de 13 meses y medio, para explicar su fascinación, a la vez que enfado, al ver a las enfermeras alimentar a otro niño; cierre del Otro , completud del Otro, más el pequeño otro, donde ella queda excluida y cae, o se deja caer. Desde el momento en que puede usar el cuerpo de la analista como “campo de trabajo”, buscando agujeros, descompletando, recorre y descubre el suyo propio, logrando avanzar hacia un transitivismo especular, desde el cual , puede verse en tanto es mirada y reconocida por un Otro que la sostiene

Fabiana Lifchitz

lo normal y lo patológico del autismo

28 Feb

F. Tustin propone la existencia de un autismo normal y un autismo patológico; apoya su hipótesis en autores previos, entre ellos Freud con el concepto de “pulsiones autoeróticas que están desde el inicio”. Sin embargo, ¿es el mismo concepto que están trabajando? Freud no habla explícitamente de autismo, aunque diferencia este “estado” inicial del narcisismo para el cual hace falta una nueva acción psíquica para que el yo se constituya.

¿Hasta donde esta “pura pulsión” es homologable al autismo? O se trata de dar un paso más y considerar esta “pura pulsión” como el goce autista, sin un lazo al Otro ,de cada sujeto ?

El autismo normal , según lo define Tustin, “es aquel estado inicial donde predomina la sensualidad y en donde la atención está centrada casi exclusivamente en ritmos y sensaciones corporales. Aunque se preste atención a los objetos del mundo externo, es en tanto son considerados partes del cuerpo. Se experimentan como una extensión de la actividad corporal y en función de la experiencia sensorial que proporcionan (particularmente el tacto)”

Volviendo al punto anterior, ¿ese objeto -otro- vivido como formando parte del cuerpo- por las sensaciones que produce, podría compararse al objeto a, condensador de goce, del cual no está privado el niño autista?

 

Seguiremos trabajando sobre este tema en el grupo de estudio

 

Fabiana Lifchitz

 


entre la madre y el niño…el falo

24 Nov

El énfasis puesto en las dificultades en el maternaje como una de las causas del autismo proceden, entre otras cosas, de pensar la relación madre-hijo como una dualidad. A partir de los desarrollos de Jacques Lacan con la introducción del falo como significado como tercero elemento, la experiencia del psicoanálisis con niños tomará otra deriva

Fabiana L.

Salir del autismo

5 Oct
Ser o no ser: un estudio acerca del autismo. Franc e s  Tus t in


“Oh espantoso
es el choque
–intensa la agonía –

Cuando el oído comienza a oír,
y el ojo comienza a ver;

Cuando  el  pulso comienza a latir,   
el cerebro de nuevo a pensar;

El alma a sentir la carne, la carne a sentir la cadena”
( “On Be coming” ;  Anne  Brontë )

Joey : el niño mecánico

29 Jul

Joey:  un “niño mecánico

por Bruno Bettelheim

Cuando empezamos nuestro trabajo con él, Joey era un niño mecánico. Funcionaba como por control remoto, dirigido por las máquinas de su propia y poderosa fantasía creadora. No solamente creía él mismo que era una máquina, sino que lo más sorprendente era que creaba esta impresión en los demás. Incluso cuando realizaba acciones que son intrínsecamente humanas, ellas no parecían sino que habían sido iniciadas y ejecutadas por una máquina. Por otra parte, cuando la máquina no funcionaba teníamos que concentrarnos en recordar su presencia, porque él parecía no existir. Un cuerpo humano que funciona como si fuera una máquina y una máquina que duplica las funciones humanas, son algo igualmente fascinante y aterrador. Quizá son tan pavorosos porque nos recuerdan que el cuerpo humano puede operar sin espíritu humano, que el cuerpo puede existir sin el alma. Y Joey era un chico al que le habían robado la humanidad.No todos los chicos que poseen un mundo de fantasía están poseídos por él. Los chicos normales pueden retirarse a los dominios de la gloria imaginaria o de los poderes mágicos, pero se los hace volver fácilmente de estas excursiones. Los chicos perturbados no siempre son capaces de hacer el viaje de vuelta; permanecen retirados, prisioneros del mundo interior de ilusión y fantasía. Joey presentaba de muchas maneras un ejemplo clásico de su estado de autismo infantil. En la Escuela Ortogénica Sonia Shankman, de la Universidad de Chicago, nuestra función es la de proporcionar un ambiente terapéutico en el que estos chicos puedan empezar la vida de nuevo. Yo he escrito previamente en esta revista la rehabilitación de otro de nuestros pacientes  («Arte esquizofrénico: estudio de un caso»; SCIENTIFIC AMERICAN; abril, 1952). Esta vez me concentraré en la enfermedad en vez de en el tratamiento. En cualquier edad, cuando el individuo ha escapado a un mundo de ilusión, él generalmente lo ha formado de trocitos y piezas del mundo que tiene a mano. Joey, en el mundo de su tiempo, escogió la máquina y se estancó en su imagen. Su historia tiene una aplicación general para la comprensión del desarrollo emocional en una edad de máquinas. El delirio de Joey no es infrecuente hoy entre chicos esquizofrénicos. El quería zafarse de su insoportable humanidad, llegar a ser completamente automático. Tan cerca estuvo de conseguir esta meta, que pudo casi convencer a otros y a si mismo de su carácter mecánico. Las descripciones de niños autistas en la literatura, toman como punto de partida y comparación el ser humano normal o anormal. Para hacer justicia a Joey, tendría que compararlo simultáneamente al infante más inepto y a una maquinaria sumamente compleja. Con frecuencia teníamos que esforzarnos nosotros mismos mediante un acto consciente de voluntad para darnos cuenta de que Joey era un niño. Una y otra vez la representación dramática de sus delirios inmovilizaba nuestra propia aptitud para responder como seres humanos. Durante las primeras semanas de la estancia de Joey con nosotros observábamos absortos cómo este niño de nueve años, de aspecto a la vez frágil e imperioso, atendía su mecánica existencia. Al entrar en el comedor, por ejemplo, tendía un alambre imaginario desde su «fuente de energía» —una toma de corriente eléctrica imaginaria— a la mesa. Allí él se «aislaba» con servilletas de papel y, finalmente, se conectaba a la corriente. Solamente entonces podía Joey comer, pues él creía firmemente que la «corriente» hacía funcionar su aparato de ingestión de alimentos. Tan diestra era la pantomima, que uno había de mirar dos veces para asegurarse de que no había ni alambre, ni toma de corriente, ni enchufe. Los niños y miembros de nuestro personal directivo evitaban espontáneamente pisar los «alambres» por miedo de interrumpir lo que parecía ser la fuente de su misma vida. Durante largos períodos de tiempo, cuando su «maquinaria» estaba ociosa, se sentaba tan silenciosamente que desaparecía del foco de nuestra observación consciente. Con todo, en el momento siguiente podría estar «funcionando» y constituirse en el centro de nuestra cautivada atención. Muchas veces al día se ponía a girar sobre si mismo y a marchar ruidosamente a través de una secuencia de velocidades cada vez más directas, hasta que «explotaba» chillando: «¡Tas!, ¡tras!» y arrojando piezas de su aparato siempre presente, lámparas de radio, bombillas, incluso motores, o, a falta de éstos, cualquier objeto frágil que encontrara a mano. (Joey tenía una destreza asombrosa para hacerse con bombillas y válvulas sin ser observado.) Tan pronto como el objeto arrojado había quedado hecho pedazos, dejaba de chillar y de saltar salvajemente y se retiraba a una muda e inmóvil inexistencia. Nuestras auxiliares, avezadas a chicos difíciles, eran excepcionalmente atentas con Joey; aparentemente las movía su extrema fragilidad infantil, tan extrañamente emparejada con una superioridad megalomaníaca. Alguna vez, alguno de los aparatos que fijaba a su cama para que le «dieran vida» durante su sueño se descomponía. El inventaba esta maquinaria que se componía de cinta protectora, cartón, alambre y otros adornos. Usualmente, las sirvientas recogían estas cosas y las dejaban sobre una mesa para que los chicos las encontraran, o no hacían caso de ellas en absoluto. Pero ellas restituían cuidadosamente la máquina de Joey: «Joey tiene que tener el carburador para poder respirar.» De modo similar estaban alerta para recoger y conservar los motores que le hacían funcionar durante el día y los tubos de escape por los que exhalaba.

¿Cómo se había convertido Joey en una máquina humana? Mediante intensas entrevistas con sus padres nos enteramos de que el proceso habla empezado incluso antes del nacimiento. La esquizofrenia a menudo resulta del rechazo paterno, combinado a veces en forma ambivalentecon el amor. Joey, por otra parte, había sido completamente ignorado. «Nunca supe que estaba», decía su madre, indicando que ella habla ya excluido a Joey desu consciencia. Su nacimiento, decía ella, «nos fue indiferente». El padre de Joey, un reclutadesarraigado del ejército de civiles en tiempo de guerra, estaba igualmente mal preparado para la paternidad. Así lo están, por supuesto, muchas parejas jóvenes. Afortunadamente, la mayoría de estos padres pierden su indiferencia al nacimiento del bebé. Pero esto no ocurrió con los padres de Joey. «No quería verlo ni criarlo», declaraba su madre. «No tenía ningún sentimiento de aversión real, simplemente no quería cuidarlo». Durante los primeros tres meses de su vida Joey «pasaba la mayor parte del tiempo llorando». Un bebé que sufría cólicos, se le mantuvo en un rígido programa alimenticio de cada cuatro horas, no se le tocaba si no era necesario y nunca se le acarició ni se jugó con él. La madre preocupada consigo misma, usualmente dejaba a Joey solo en la cuna o en el parque de niños durante el día. El padre descargaba sus frustraciones castigando a Joey cuando el niño lloraba por la noche. Pronto el padre marchó a cumplir deberes en ultramar, y la madre llevó a Joey, que ahora tenía año y medio, a vivir con ella en el hogar de sus padres. A su llegada los abuelos advirtieron los ominosos cambios ocurridos en el chico. Fuerte y sano en el momento de nacer se había vuelto frágil e irritable; de ser un niño sensible, habla pasado a ser remoto e inaccesible. Cuando empezó a dominar el habla, sólo se hablaba a si mismo. En una edad temprana empezó a preocuparse por la maquinaria, incluyendo un viejo ventilador eléctrico que podía armar y desarmar con sorprendente maña. La madre dc Joey nos impresionó por su cualidad dc enajenada que expresaba su inseguridad, su despego del mundo y su baja vitalidad física. Nos sorprendió especialmente su total indiferencia cuando hablaba de Joey. Esto parecía mucho más notable que los errores propiamente dichos que cometió al tratarlo. Es verdad que lo dejaba llorar durante horas cuando tenía hambre, porque lo alimentaba según un horario rígido; en cuanto al aseo se le educó con gran rigidez, de forma que no diera molestias. Estas cosas les suceden a muchos chicos. Pero la existencia de Joey nunca despertó ningún eco en su madre. Cuando nos habló de su nacimiento e infancia era como si estuviera hablando de algún conocido lejano, y pronto sus pensamientos vagaban hacia otra persona o hacia si misma. Cuando Joey no tenía todavía cuatro años, su escuela de párvulos sugirió que debía entrar en una escuela especial para niños perturbados. En la nueva escuela su autismo reconoció inmediatamente. Durante los tres años que permaneció allí experimentó una lenta mejoría. Desgraciadamente, la estancia subsiguiente en una escuela parroquial destruyó este progreso. Empezó a desplegar defensas compulsivas que él llamaba sus «prevenciones». No podía beber, por ejemplo, excepto por una elaborada red de tubos construidos de pajas. En su fantasía, los líquidos tenían que ser «bombeados» hasta él o no podía succionar. Finalmente, su comportamiento llegó a ser tan desconcertante que no pudo seguir en la escuela parroquial. En casa las cosas no mejoraron. Tres meses antes de ingresar en la Escuela Ortogénica llevó a cabo un intento serio de suicidio. Para nosotros, la conducta patológica de Joey parecía ser la expresión externa de un abrumador esfuerzo por permanecer casi inexistente como persona. Durante semanas, la única respuesta de Joey cuando se le hablaba era «Bam». A menos que neutralizara de este modo cualquier cosa que se le dijera sobrevenía una explosión, pues Joey deseaba claramente interrumpir toda forma de contacto que no estuviera mediada por la maquinaria. Incluso cuando se bañaba se mecía de un lado a otro, con muda regularidad de máquina, inundando el cuarto de baño. Si dejaba de mecerse, lo hacía también como una máquina; de repente se quedaba completamente rígido. Solamente una vez, tras meses de ser sacado del baño y llevado a la cama, se dibujó en su rostro una pequeña expresión de placentera perplejidad al tiempo que decía muy suavemente: «Aquí incluso te llevan a la cama». Durante mucho tiempo después de empezar a hablar nunca se refería a nadie por su nombre, sino solamente como «esa persona» o «la persona pequeña» o «la persona grande». Era incapaz de designar por su nombre verdadero nada a lo que atribuyera sentimientos. Ni podía nombrar sus ansiedades excepto por neologismos o corrupciones de palabras. Durante mucho tiempo habló de «pinturas maestras» y «una habitación de pinturas maestras» (es decir, masturbarse y habitación para masturbarse). Una de sus máquinas, el «crítico», le impedía «decir palabras que tuvieran sentimientos desagradables». Sin embargo, daba nombres personales a los tubos y motores de su colección dc maquinaria. Además, estas cosas muertas tenían  sentimientos; los tubos sangraban cuando se los hería y a veces se ponían enfermos. De forma consistente, mantenía esta inversión entre objetos animados e inanimados. En el mundo mecánico de Joey todo obedecía, so pena de destrucción instantánea, a leyes inhibitorias mucho más estrictas que las de la física. Cuando llegamos a conocerle mejor, quedó claro que en sus momentos de silencioso retiro, con su máquina desconectada, Joey estaba absorto rumiando las leyes compulsivas de su universo privado. Su preocupación por la maquinaria hacia difícil establecer incluso contactos prácticos con él. Si quería hacer algo con un consejero, tal como jugar con un juguete que habla atraído su vaga atención, no podía hacerlo: «Me gustaría mucho, pero primero tengo que desconectar la máquina». Pero cuando llegaba el momento en que había cumplido con todos los requisitos de sus prevenciones había perdido el interés. Cuando se le ofrecía un juguete, no podía tocarlo porque sus motores y tubos no le dejaban una mano libre. Incluso ciertos colores eran peligrosos y había que evitarlos estrictamente en juguetes y ropas, porque «algunos colores desvían la corriente, y no puedo tocarlos porque sin corriente yo no puedo vivir». Joey estaba convencido de que las máquinas eran mejores que las personas. Una vez que tropezó con uno de los tubos de nuestra estructura de barras para hacer gimnasia, él la dio un puntapié tan violentamente que su maestra tuvo que sujetarlo para impedir que se lastimara. Cuando ella le explicó que el tubo era mucho más duro que su pié, Joey replicó: «Eso lo demuestra. Las máquinas son mucho mejores que el cuerpo. Ellas no se rompen; son mucho más duras y más fuertes». Si perdía u olvidaba algo, ello demostraba simplemente que había que arrojar su cerebro y reemplazarlo por maquinaria. Si dejaba caer algo, había que romper el brazo y arrancarlo porque no funcionaba adecuadamente. Cuando su cabeza o su brazo dejaban de funcionar como debieran, trataba de castigarlos golpeándolos. Incluso los sentimientos de Joey eran mecánicos. Mucho después, durante su terapia, cuando había formado un tímido lazo con otro chico y habla sido desairado, Joey gritaba: «Ha roto mis sentimientos». Gradualmente empezamos a comprender lo que nos había parecido contradictorio en la conducta de Joey, por qué se aferraba a los motores y tubos, por qué luego, de pronto, los destruía en un momento de rabia y luego se ponía inmediatamente y urgentemente a equiparse con nuevos y mayores tubos. Joey había creado estas máquinas para que dirigieran su cuerpo y su mente, porque era demasiado doloroso ser humano. Pero una y otra vez él se hallaba insatisfechocon su fallo para satisfacer su necesidad, y se revelaba ante el modo cómo frustraban su voluntad. Con frenesí recurrente «explotaba» sus bombillas y tubos y, por un momento, se volvía un ser humano; durante un instante que constituía un premio se mostraba vivo. Pero tan pronto como había afirmado su predominio mediante la explosión por él creada, sentía que la vida se le escapaba. Para seguir existiendo, tenía que restaurar sus máquinas inmediatamente y reponer la electricidad que suministraba la energía de su vida. ¿Qué miedos y necesidades profundamente asentados subyacen al sistema delirante de Joey? Nos llevó mucho tiempo descubrirlo, pues las prevenciones de Joey ocultaban efectivamente el secreto de su comportamiento autístico. Entretanto nos ocupamos de sus problemas periféricos uno por uno. Durante su primer año con nosotros, el problema más angustioso de Joey era el de su conducta de aseo. Esto nos sorprendió, porque la personalidad de Joey no era «anal» en el sentido freudiano; el deterioro original de su personalidad había sido anterior al de su educación en el aseo. Sin embargo, la rígida y temprana educación de sus necesidades había contribuido ciertamente a producir sus ansiedades. Nuestro esfuerzo por ayudar a Joey en este problema fue el que condujo a que por primera vez nos reconociera como seres humanos. Como todo en la vida de Joey, el hecho de ir al lavabo estaba rodeado de elaboradas prevenciones. Teníamos que acompañarle; él tenía que quitarse todas las ropas; sólo podía ponerse en cuclillas, no sentarse, sobre el asiento del retrete; tenía que tocar la pared con una mano en la que también sujetaba frenéticamente las válvulas electrónicas que accionaban su eliminación. Estaba aterrado ante la posibilidad, de que su cuerpo entero fuera succionado. Para contrarrestar este miedo le  proporcionamos un recipiente metálico en lugar del retrete. Finalmente, cuando eliminaba en este recipiente, ya no necesitaba quitarse todas las ropas ni agarrarse a la pared. Todavía necesitaba los tubos y motores que él creía movían sus intestinos. Pero de nuevo aquí, la importancia suma de la maquinaria fue ella misma  uente de nuevos terrores. En el mundo de Joey los artefactos tenían que mover sus intestinos también. El se sentía  terriblemente ansioso de que tuvieran que hacerlo, pero puesto que eran mucho más poderosos que los hombres, le aterraba la idea de que, si sus válvulas movían los intestinos propios, sus heces llenarían todo el espacio y no dejarían sitio libre para vivir. De este modo estaba siempre preso de alguna espantosa contradicción. Nuestra disposición para aceptar sus hábitos de aseo, que obviamente entrañaban algunas penalidades para sus consejeros, le dio a Joey confianza para expresar sus obsesiones por medio de dibujos. El dibujar estas fantasías fue un primer paso hacia nuestra admisión, aunque fuera a distancia, hasta lo que le afectaba más profundamente. Fue el primer paso, en un proceso de un año de duración, de la exteriorización de sus preocupaciones anales. Como resultado empezó a ver heces por todas partes; el mundo entero se convirtió para él en un lodazal de excremento. Al mismo tiempo empezó a eliminar libremente adonde quiera que se encontrara. Pero con esta liberación de su aprisionamiento infantil en reglas compulsivas, el aseo y todo el proceso de  eliminación se hizo menos peligroso. Hasta entonces, el que cualquiera pudiera mover sus intestinos sin ayuda mecánica era algo que estaba fuera del alcance de comprensión de Joey. Ahora Joey dio otro paso hacia adelante; la defecación fue el primer proceso fisiológico que pudo realizar sin la ayuda de válvulas electrónicas. No debe creerse que él estuviera orgulloso de esta aptitud. El sentirse orgulloso por haber conseguido algo presupone que uno lo realice por su propia y libre voluntad. El todavía no se sentía una persona autónoma que pudiera hacer cosas por si mismo. Para Joey, la defecación le parecía todavía que estaba sometida a alguna incomprensible ley cósmica enteramente obligatoria, quizá la ley que sus padres le habían impuesto cuando estaba siendo educado en el aseo. No era simplemente que sus padres le hubieran sometido a una rígida y temprana educación. A muchos chicos se les educa así. Pero en la mayoría de los casos los padres hacen una profunda inversión emocional en la actuación del niño. La respuesta del chico, a su vez, hace de la educación una ocasión para la interacción entre ellos y para la constitución de relaciones genuinas. Los padres de Joey no realizaron ninguna inversión emocional en él. Su obediencia no les produjo ninguna satisfacción y a él no le ganó ningún afecto o aprobación. Como niño educado en su aseo, él le ahorró a su madre trabajo, exactamente como se lo ahorraban las máquinas domésticas. En cuanto máquina, no se le amaba por su actuación ni podía él amarse a si mismo. Así había sido en cuanto a todos los otros aspectos de la existencia de Joey con sus padres. Las reacciones de ellos hacia si él comía o dejaba de comer, estaba dormido o despierto, orinaba o defecaba, estaba vestido o desnudo, se bañaba o lavaba, no fluían de ningún interés unitario por el que estuviera profundamente encajado en sus personalidades. Por tratarle mecánicamente, sus padres habían hecho de él una máquina. Las varias funciones de la vida —incluso las partes de su cuerpo— no guardaban ninguna relación de integración unas con otras, ni con ningún sentido de uno mismo que fuera reconocido y confirmado por los demás. Aunque había adquirido dominio sobre algunas funciones, tales como la educación para el aseo y el habla, las había adquirido separadamente y las mantenía aisladas una de otra. La educación en el aseo no le había supuesto  ningún sentimiento agradable de dominio del cuerpo; el habla no había llevado a la comunicación de pensamiento o sentimiento. Por el contrario, cada consecución no había hecho más que separarle del dominio e integración de sí mismo. La educación en el aseo le había esclavizado. El habla le colocó en el uso de neologismos que obstruían su aptitud y la nuestra para relacionarnos. En el desarrollo de Joey, el proceso normal de crecimiento había sido inducido a correr hacia atrás. Cualquier cosa que había aprendido le ponía no al final de su desarrollo infantil hacia la integración, sino al contrario, mucho más atrás de lo que se encontraba al principio mismo. Si hubiéramos comprendido esto antes sus primeros años con nosotros habrían sido menos desconcertantes. Es improbable que la calamidad de Joey pueda acontecer a un chico de cualquier época y cultura, excepto la nuestra. El no sufrió ninguna privación física; tuvo hambre de contactos humanos. El que simplemente cuiden de uno no es bastante para relacionarse. Es una condición necesaria, pero no suficiente. En el extremo en que reina la completa escasez, ciertamente la formación de relaciones se ve obstaculizada. Pero nuestra sociedad de mecanizados, muy frecuentemente contribuye a crear iguales dificultades en el aprendizaje de un niño a establecer relaciones. En el ambiente en que los padres sólo con grandes esfuerzos pueden proporcionar a sus hijos las sencillas comodidades de las criaturas, es probable que sientan placer al poder proporcionárselas; es este placer de los padres el que da a los hijos la sensación de valía personal y pone en movimiento el proceso de la relación. Pero si el confort es tan fácilmente alcanzable que los padres no sienten ningún placer particular en ganarlo para sus hijos, entonces los hijos no pueden desarrollar el sentimiento de que la satisfacción de sus necesidades básicas es algo que merece la pena. Por supuesto que los padres y los hijos pueden, y lo hacen, establecer relaciones alrededor de otras situaciones. Pero las cuestiones no son ya tan simples y directas. El chico debe hallarse en el extremo receptor de cuidados e interés dados con gusto y sin la exigencia de correspondencia, si ha de sentirse amado y digno de respeto y consideración. Este sentimiento le proporciona la facultad de confiar; él puede confiar su bienestar a personas para las que es tan importante. De esta confianza es de la que el chico aprende a formar relaciones estrechas y estables. Para Joey, la relación con sus padres estaba vacía del placer que acompaña a la provisión del confort, como lo estaba en todas las demás situaciones. Su caso era un ejemplo extremo de un compromiso matrimonial que envía muchos niños esquizofrénicos a nuestras clínicas y hospitales. Pasaron muchos meses antes de que pudiera relacionarse con nosotros; su desesperación de que nadie pudiera apreciarle hacia imposible el contacto. Cuando Joey pudo finalmente confiar lo bastante en nosotros para poder hacerse más infantil, empezó a jugar a ser un niño indio americano. En sus fantasías hubo un correspondiente cambio. Dibujó innumerables retratos de si mismo como un niño indio eléctrico. Totalmente encerrado, suspendido en el espacio vacío, funciona por obra de desconocidos poderes invisibles a través de una electric idad inalámbrica. Según finalmente llegamos a comprender, el núcleo del delirante sistema de Joey era el seno materno artificial y mecánico que había creado y en el que se había encerrado. En sus fantasías de niño indio yacía el deseo de nacer enteramente de nuevo en un seno materno. Sus nuevas experiencias en la escuela sugerían que la vida, después de todo, podía ser digna de vivirse. Ahora él estaba buscando un modo de volver a nacer de mejor manera. Puesto que las máquinas eran mejores que los hombres, ¿había algo más natural que intentar nacer dc nuevo por intermedio de ellas? Este era cl significado más profundo de su niño indio eléctrico. Al final Joey empezó a crear una familia imaginaria en la escuela: la familia «del coche». ¿Por qué la familia del coche ? En el coche él estaba encerrado como lo había estado en el niño indio, pero, al menos, el coche no era estacionario; se podía mover. Más importante aún, en un coche no solamente lo llevaban a uno, sino que también podía conducir. La familia del coche el camino que tenía Joey de explorar la posibilidad de abandonar la escuela, de vivir con una buena familia en un coche seguro y protector.  Por fin Joey consiguió salvarse dc su prisión. En este breve relato no ha sido posible seguir la huella del lento y doloroso proceso de sus primeras relaciones verdaderas con otros seres humanos. Baste decir que dejó de ser un mecánico para convertirse en un niño humano. Este recién nacido, tenía, sin embargo, 12 años. Es una tarea tremenda recobrar el tiempo perdido. Ese es el trabajo que ha ocupado a Joey y a nosotros desde entonces. A veces se pone a ello con voluntad; otras veces, la dificultad de la vida real le hace lamentar haber salido alguna vez de su concha. Pero nunca ha deseado retornar a su vida mecánica. Un último detalle y hemos terminado con este fragmento de la historia de Joey. Cuando Joey tenía 12 años hizo una carroza para el desfile de nuestro Memorial Day (el 30 de mayo, día en que se adornan las tumbas de los soldados muertos en campaña). Llevaba el slogan: «Los sentimientos son más importantes que cualquier otra cosa bajo el sol». Joey había aprendido que los sentimientos son los que contribuyen a crear la humanidad; su ausencia propende a la creación de una existencia mecánica. Con este conocimiento ingresó Joey en la condición humana.


B.B. art. en Psicología Contemporánea, Ed. Bleune recop. Ed. Scientifican American, 1978